martes, 18 de diciembre de 2012

Experiencias con la externalización de servicios

Outsourcing -externalización para aquellos que no disfrutamos de sangre azul- es otro de estos términos que en cierto momento invadió el lenguaje de los negocios y la empresa, bien contaminado ya de por si, y se hizo un hueco en esa neolengua hortera que todo necio con corbata, gomina y trabajo precario anhela dominar, como si ello -¡Ja!- le hiciera ser más partícipe de ese éxito empresarial que acompaña a gente tan honorable como Díaz Ferrán y le permitiera alejarse de una frustración interior que no puede atajar, pues ha decidido que su salvación personal pasa por realizarse mediante su trabajo, cosa del todo inhumana.

Esta historia nos sitúa en aquel tiempo feliz en el que ya vivíamos en crisis pero la gente -con su empleo mileurista y sus vacaciones de Ryanair- todavía no era consciente de ello. El tipo era un editor muy satisfecho de si mismo que trabajaba para McGraw-Hill y que parecía congratularse de que su querida empresa se dedicara a externalizar servicios editoriales, esto es, actividades propias de la compañía, su razón de ser nada menos, que ahora terminaban en manos de una tercera empresa, en la que yo trabajaba, para que les hiciera lo que imagino querían entender como trabajo sucio: el libro de texto. Supongo que no les bastaba con la limpieza o el servicio de mantenimiento, no, era necesario acrecentar los beneficios y por tanto se pasaba el mismo trabajo editorial a aquel que pujase más barato.


Iluminados como este suelen hablar en términos eufemísicos tales como "cesión de funciones", "aligerar gastos" o "diversificar tareas de producción", verdaderas maravillas del lenguaje posmoderno a la altura de otras perlas como "daños colaterales" o "ajuste de plantilla". ¡Imagino que a estas alturas ya debe de haber heredado la empresa! Muy imbécil tendría que haber sido sino para sostener un discurso destructivo que iba en contra de sus propios intereses como parte integrante de la plantilla de McGraw-Hill.

Y la cosa no era nada fácil. Como suele pasar en estos casos, la cutre-empresa en la que yo trabajaba no estaba preparada ni mucho menos para hacer frente al trabajo a realizar de una manera óptima y con garantías de que los libros de texto salieran más o menos potables. A ello había que añadir las zancadillas que ambas partes interesadas se iban poniendo una y otra vez, siempre intentando culpar al contrario de unas chapuzas y unos problemas de los que todos éramos responsables y que jamás hubieran estado ahí -¡Qué sorpresa!- de no haber externalizado la edición de aquellos libros de texto.

Si toda esta ensalada no terminaba implosionando era gracias al autor. Ignorante de todos los tejemanejes que se hacían a su espalda -a buen seguro que hoy día ya lo tienen más claro- navegaba entre fuego amigo y conseguía el increíble logro de no terminar desarbolado y hundido por aquellos que se suponía que estaban ahí para ayudarlo, para convertir su manuscrito en un buen libro de texto que sirviera al alumno en la materia correspondiente.

He hablado de mi antiguo sector pero bien podría haberme referido a cualquier otro. Algún becario a gurú tratará de convencernos con que "el outsourcing / externalización consiste en aligerar la estructura de una organización mediante la cesión a terceros de ciertas funciones y de que es consecuencia de la elevada competencia y bla bla bla". En realidad, la externalización de servicios es, hablando claro y en plata, una puta mierda que te sirve bien si lo que deseas es que el trabajo salga mierdosamente mal.




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