martes, 1 de enero de 2013

La violencia de las estructuras del trabajo


http://losarrabalesdemacondo.blogspot.com.es/2011/02/el-infortunado-senor-peel.html

En la detallada y lúcida lectura de “El capital” que han realizado Luis Alegre Zahonero y Carlos Fernández Liria en su obra “El orden del Capital”, cuentan de manera amena y clara un incidente que ya relata el propio Marx en la última parte del Libro I de su obra, intentaré explicar de manera clara en que consistió y las ideas que obtienen los autores.

Como decíamos, Marx cuenta la historia del infortunado señor Peel, un empresario emprendedor que llevó de su Inglaterra natal a la colonia de Nueva Holanda todo lo necesario para empezar un negocio fructífero, ante la ausencia de competidores el señor Peel estaría ya frotándose las manos pensando en sus beneficios. Cuando digo todo lo necesario es literal, se podría decir que el señor Peel, y esto va a ser importante para las conclusiones, llevó todos los elementos del Capitalismo, medios de producción y subsistencia por valor de 50000 libras, pero es que era tan previsor que empaquetó hasta a su propia clase obrera, esos fieles trabajadores que tan bien le habían servido en el pasado, incluidas sus familias, todo lo tenía pensado el señor Peel. ¿Cómo terminó la historia? Cuando desembarcó en las tierras vírgenes de Nueva Holanda sucedió algo inexplicable, los obreros dejaron de ser obreros, vieron las tierras que habían y la posibilidad de cosechar y construir una casa y vivir tranquilamente de lo que da la tierra, y como dice Marx “el señor Peel se quedó sin un sirviente que le tendiera la cama o que le trajera agua al río (…) ¡Imagínese usted que atrocidad! El honesto capitalista ha importado el mismo de Europa, con su propio dinero contante y sonante, a sus propios competidores ¡y en persona!”

¿Qué había pasado realmente? El señor Peel se había llevado todos los elementos que componen el capitalismo y se había dejado en casa el capitalismo mismo.

Para intentar explicar esta idea nos ayudará el diálogo socrático “Menón”, en el cual Platón relata la conversación entre el sofista Menón y Sócrates, resulta que ambos convienen en hablar sobre la virtud, como correspondía al sabio y afamado Menón empieza el que iba a ser un excelente y cuidado discurso sobre la virtud, pero para sorpresa de todos Sócrates le pide por favor que se detenga y antes de empezar a hablar de la virtud le explique qué es, porque no entiende esa palabra, le pide, en fin, que defina la virtud.
El escándalo en la plaza es total, ¡El gran Sócrates no sabe que es la virtud! ¿Cómo puede ser esto? ¡Si hasta el niño más despistado de Atenas sabe lo que es la virtud! Pero Sócrates se reserva el derecho de ser más ignorante que un niño y le pide amablemente a Menón que le defina la virtud, más que nada para saber de qué están hablando antes de ponerse a soltar grandilocuentes discursos.

Las sorpresas siguen cuando resulta que Menón se ve en grandes apuros a la hora de definir la virtud, la primera intentona de definición fracasa cuando Menón intenta definir la virtud enumerando muchos ejemplos de ella, y Sócrates rápidamente le hace ver que enumerar las partes de lo que algo se compone no es definirlo, al igual que no se define una abeja diciendo que es una cabeza, unas alas, unas patas y unas cuantas cosas más…

De igual modo no se puede definir el capital diciendo que son unos obreros, unas máquinas, unas nóminas y unas cuantas cosas más…El señor Peel creía saber muy bien lo que era el capitalismo, pero resulta que estaba equivocado, el creía en la primera definición de Menón, el capitalismo son todas esas cosas de las que se compone y por tanto se puede mover de aquí para allá como si fuese un mueble.

El caso del señor Peel se discutió en el Parlamento, de repente los británicos se miran perplejos unos a otros ¿Entonces qué demonios es el capitalismo? ¿Por qué se ha fallado al intentar moverlo?

No hay capital sin una oferta de mano de obra asalariada, es decir, no hay capital sin obreros, pero de nada vale meterlos en un barco si no consigues meter en el barco también “lo que les hace ser obreros” no se trataba pues de exportar obreros sino de exportar la condición de obrero, “la obrereidad” si se permite el palabro, en Manchester los obreros, digámoslo así, salen hasta de debajo de las piedras, aparecen naturalmente y se prestan al juego del capitalismo con suma facilidad, más que nada porque a los obreros les gusta comer y seguir viviendo y para eso necesitan cobrar salarios para comprar con ellos comida, y he aquí el quid de la cuestión, resulta que los salvajes que vivían en Nueva Holanda o los obreros recién desembarcados del señor Peel pueden sobrevivir por sus propios medios, tienen campos para cultivar y materiales para construir sus casas, en cambio en Manchester no podían plantar patatas en el asfalto ni construir su casa sin una empresa constructora, es por eso que el Parlamento británico no decidió enviar profesores para civilizar a los salvajes o hacer entrar en razón a los obreros, o a economistas que defendieran los bienes que traen consigo el capitalismo, recordó que lo que hace a una persona obrero es básicamente quitarle los medios de producción, es decir, arrebatarle su independencia, que la única posibilidad que le quede sea acudir al mercado a vender su fuerza de trabajo.


Al igual que hizo falta una acción violenta para quemar las plantaciones de los nativos y obligarles a que “firmen libremente” un contrato laboral el parlamento británico recordó que también hizo falta una acción violenta para desposeer a los británicos de sus medios de subsistencia, en definitiva, que para que las condiciones capitalistas se impongan en un medio determinado hace falta una inusitada y tremenda violencia, aunque sea solo temporal, para transformar la sociedad por completo, naturalmente dicha violencia solo hace falta ejercerla durante un tiempo determinado, después se podría decir que ya se nace obrero, la estructura una vez implantada de forma violenta se nos aparece como lo más natural. ¿Cómo te ganas la vida? Pues enviando mi curriculum a una empresa y trabajar para ellos ¿cómo si no? Es lo normal.

A mi modo de ver si la historia del señor Peel puede enseñar algo es que aunque una estructura se nos aparezca como lo más natural del mundo no por ello deja de ser algo impuesto de manera violenta, pero implica una violencia muy extraña, la violencia de las estructuras no se ven, la violencia de las estructuras se piensa.



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